VIOLENCIA EN COLEGIOS: EL REFLEJO DE UNA SOCIEDAD QUE NO QUIERE MIRAR

Autor: Fundación Convivencia Activa

Introducción

El primer semestre de 2026 ha estado marcado por una escalada de violencia en los establecimientos educacionales que ha encendido todas las alarmas. El asesinato de una inspectora en un colegio de Calama el pasado 27 de marzo, el ataque con arma blanca a un estudiante en las inmediaciones de su liceo, la agresión con arma de fogueo a un docente en el Liceo Benjamín Franklin de Quinta Normal, y la pelea masiva en el Liceo La Asunción de Talcahuano que dejó siete docentes heridos y 14 estudiantes detenidos son solo algunos de los episodios que han sacudido a la opinión pública.

Pero reducir el análisis a estos hechos aislados sería desconocer la raíz profunda del problema. Como advierte el académico Juan Pablo Catalán de la Universidad Andrés Bello: «La escuela no está produciendo la violencia; la escuela está recibiendo la violencia de una sociedad que ha ido cambiando». La escuela es un reflejo de lo que ocurre en el hogar, en la comunidad y, sobre todo, en el entorno cultural que devora a nuestros niños y adolescentes.

Las cifras que no podemos ignorar

Los números son contundentes y revelan una tendencia que no admite indiferencia. Durante 2025, la Superintendencia de Educación recibió un total de 22.680 denuncias ciudadanas, lo que representa un incremento del 18,7%. De ellas, 17.076 denuncias estuvieron vinculadas a la convivencia escolar, lo que equivale a que 3 de cada 4 denuncias presentadas ante la Superintendencia tuvieron que ver con violencia, maltrato o conflictos de convivencia.

El dato más alarmante es que el 54% de estas denuncias correspondió a episodios de maltrato a párvulos y estudiantes. Es decir, más de la mitad de las denuncias que llegan a la Superintendencia son por agresiones directas contra niños, niñas y adolescentes.

Pero hay más. Según un informe del Centro de Estudios y Análisis del Delito (CEAD) de la Subsecretaría de Prevención del Delito —citado en una minuta oficial del Senado de abril de 2026—, entre 2017 y 2025 los casos policiales y delitos registrados en establecimientos educacionales aumentaron de 7.189 a 12.501, lo que equivale a un alza del 74%. En 2025, además, se registraron 226 casos de lesiones graves o gravísimas en colegios, junto con más de 6.100 amenazas. Y más de 7.354 centros educativos reportaron incidentes policiales, lo que equivale al 54,6% del total nacional.

El inicio de 2026 no ha sido mejor. Al cierre del primer trimestre, la Superintendencia ya había recibido 2.175 denuncias ciudadanas, manteniendo la tendencia al alza que se ha registrado desde 2022.

El origen no está en el aula: el rol de la familia

Las cifras de la Superintendencia confirman que la gran mayoría de los episodios no son delitos graves ni actos de violencia extrema, sino manifestaciones de problemas relacionales que tienen su origen fuera del colegio.

Uno de cada tres niños en Chile ha sido víctima de violencia física por parte de un adulto en su hogar. Quien ejerce violencia dentro del aula muchas veces solo está externalizando un dolor profundo que vive en casa. Los estudios muestran que los niños que sufren violencia intrafamiliar tienen 2,5 veces más probabilidades de convertirse en agresores.

La violencia en los colegios no es un problema que nazca en las aulas; es el eco de lo que se calla fuera de la escuela.

La batalla cultural por el sentido de la educación

Pero si el hogar no es el único responsable, ¿dónde radica el origen de esta desconexión? La respuesta está en el entorno cultural y digital que devora a nuestros niños y adolescentes.

Hoy, un estudiante abre su teléfono y ve a un influencer mostrando autos de lujo y dinero fácil sin haber estudiado un día. En su barrio, si pertenece a un contexto vulnerable, el crimen organizado le ofrece un «trabajo» que le paga en una semana lo que su padre gana en un mes. La publicidad le grita a cada minuto que si no tiene lo último, no es nadie. Frente a este torrente de estímulos que prometen éxito inmediato, la escuela promete un premio a 12 años plazo: un título que, en muchos casos, ni siquiera garantiza un empleo digno.

Entonces, ¿por qué un joven resuelve un conflicto con un arma? Porque en la cultura del «ganar o morir» que venden los algoritmos y las series, el diálogo es sinónimo de debilidad. El arma es el atajo para imponer respeto cuando el sistema educativo no ha logrado ser relevante. ¿Por qué se queda en el sistema escolar si no quiere permanecer en él? Porque la ley lo obliga, pero su corazón y su atención ya se fueron. Está físicamente en el aula, pero su mente compite en otra liga: la de la inmediatez y el espectáculo.

El rol de los medios y la falta de expertos

En medio de esta crisis, el tratamiento mediático ha sido, en muchos casos, parte del problema. Titulares sensacionalistas, cobertura en caliente sin contexto, entrevistas a «expertos» que jamás han pisado un aula, y una tendencia a instalar la idea de que los colegios son «territorios de nadie» donde reina la inacción.

Resulta paradójico que, ante un temporal, los canales de televisión llenen sus pantallas con ingenieros, climatólogos y geógrafos explicando el fenómeno con lujo de detalles. Sin embargo, ante la crisis de violencia escolar, el mismo espacio se llena de opinólogos que jamás han gestionado un aula, o de periodistas que se limitan a repetir declaraciones oficiales sin cuestionar el trasfondo económico, cultural y social.

No vemos mesas de debate con sociólogos urbanos para analizar por qué los espacios públicos se han vuelto hostiles. No vemos a economistas conductuales explicando por qué la tasa de retorno de la educación ha caído en picada frente al atractivo de la economía informal o ilegal. No vemos a expertos en publicidad y marketing admitiendo que sus campañas perpetúan una idea de éxito que es inalcanzable para la mayoría, generando frustración y resentimiento.

La crisis de violencia en las escuelas es tan o más grave que una catástrofe natural, porque erosiona el tejido social que nos sostiene. Pero mientras las inundaciones movilizan a todo un país, la violencia escolar se ha normalizado. Y la normalización de la tragedia es el primer paso hacia la indiferencia.

Gestión de la emergencia vs. gestión del riesgo

Solo a modo de ejemplo, frente a los temporales que azotan el país, la reacción es inmediata y masiva. Se despliegan equipos de emergencia, se abren albergues, los medios cubren en directo y las autoridades llegan a las zonas afectadas. Gestionamos la emergencia con eficiencia. Pero cuando el agua baja, la inversión o medidas en infraestructura que evite el próximo desastre suele quedar en el olvido. Gestionamos la crisis, no el riesgo.

Con la violencia escolar ocurre exactamente lo mismo. Cada incidente grave genera indignación, declaraciones públicas y medidas de control inmediatas: todo el mundo pide más cámaras, más detectores de metales, más protocolos reactivos. Pero una vez que el titular desaparece, la inversión en prevención estructural —salud mental, trabajo con familias, recursos frescos para los equipos, educación emocional, transformación del entorno cultural— sigue siendo insuficiente o ausente.

Mientras no rompamos este ciclo, seguiremos apagando incendios sin preguntarnos por qué se producen. Y así, la violencia escolar se convierte en una crisis crónica que la sociedad aprende a normalizar, pero no a resolver.

El desafío cotidiano de los equipos educativos

En medio de este escenario, hay un grupo de personas que día a día enfrenta la realidad más cruda de la violencia escolar: los docentes, directivos y asistentes de la educación.

No son indiferentes, carecen de recursos. No son héroes; son profesionales que muchas veces ponen en riesgo su propia integridad física y emocional para cumplir con su labor. Y, sin embargo, siguen ahí.

La categoría con mayor crecimiento en las denuncias de convivencia durante el primer trimestre de 2025 fue, precisamente, el maltrato a miembros adultos de la comunidad educativa, que registró un alza del 121,2%. Los docentes no solo están siendo testigos de la violencia; están siendo víctimas de ella. Y aun así, siguen formando, conteniendo, educando.

Son ellos quienes, en medio de las dificultades, mantienen la escuela en pie. Son ellos quienes, cuando un estudiante llega con señales de violencia en casa, son los primeros en detectarlo y activar los protocolos. Son ellos quienes, pese a la falta de recursos y apoyo, no abandonan a los niños y adolescentes que han depositado en ellos su confianza.

El desafío para los equipos educativos no es menor. Y el reconocimiento que merecen es infinitamente mayor que el que reciben.

Conclusión

La violencia en los colegios chilenos no es un fenómeno nuevo, pero sí es uno que ha alcanzado niveles alarmantes. Las cifras de la Superintendencia de Educación y del Centro de Estudios y Análisis del Delito nos muestran una realidad ineludible: más de 22.000 denuncias en 2025, un 74% de aumento en casos policiales en ocho años, 226 lesiones graves en un solo año, y más de 7.300 colegios con incidentes policiales. Detrás de cada número hay una historia de dolor, de fracaso, de una sociedad que ha fallado en proteger a sus niños y adolescentes.

Culpar exclusivamente a las escuelas o instalar más controles de seguridad no resolverá el problema mientras no abordemos sus causas profundas. La solución final es política, cultural y social. Pero mientras eso ocurre —y puede tardar años—, la supervivencia diaria de nuestros establecimientos depende de quienes están en la primera línea: los docentes, directivos y asistentes de la educación.

No podemos seguir normalizando la tragedia. No podemos seguir gestionando la emergencia mientras ignoramos el riesgo. No podemos seguir exigiendo a los equipos educativos que hagan más, con menos, y en condiciones cada vez más adversas.

La próxima vez que un temporal arrastre casas, nos movilizaremos como país. Pero la violencia en las escuelas arrastra vidas y aún no aprendemos a gestionar el riesgo antes de que sea noticia.

Empecemos por lo que podemos hacer hoy: protocolos claros, derivaciones concretas, protección real para quienes están en la primera línea. Y, sobre todo, un reconocimiento genuino a quienes, pese a todo, siguen creyendo en la educación como herramienta de transformación.

Porque si la escuela es el reflejo de la sociedad, también puede ser el lugar donde empecemos a cambiarla. Pero para eso, necesitamos que la sociedad entera mire hacia la escuela —y hacia quienes la sostienen— con el respeto y el apoyo que merecen.

Nota de fuentes oficiales

  • Superintendencia de Educación: 22.680 denuncias en 2025 (aumento del 18,7%); 17.076 denuncias por convivencia; 54% por maltrato a párvulos y estudiantes; 2.175 denuncias en primer trimestre de 2026.
  • Centro de Estudios y Análisis del Delito (CEAD) – Subsecretaría de Prevención del Delito: Informe citado en minuta del Senado (abril 2026): 7.354 establecimientos con incidentes policiales (54,6% del total); 56.153 casos policiales en 2025; aumento del 74% en casos policiales entre 2017 y 2025; 226 lesiones graves o gravísimas; más de 6.100 amenazas.
  • Declaraciones: Juan Pablo Catalán (académico UNAB, CNN Chile, 3 de agosto de 2026); Magdalena Aninat (CEAS, CNN Chile, 2 de agosto de 2026).
  • Otros reportajes: Publimetro (3 de junio de 2026); Diario Centro América / EFE (12 de mayo de 2026).